DETENERSE A RESPIRAR AL FINAL DEL MUNDO
· Agua Dulce Rescatada
· Aire Frío Para el Mundo
· Arritmia
· Sin Nombre

Proyecto ganador de la Residencia de Arte en la Antártida 2015

El Programa Cultura Antártica de la Dirección Nacional del Antártico, estimula y promueve la exploración de propuestas estéticas con el fin de desarrollar proyectos artísticos específicos en el continente Antártico para visibilizar su situación ambiental actual. A través de esta residencia se logra establecer nexos de contacto con la población que no tiene acceso a la Antártida e incentivar los vínculos entre las artes y las ciencias por medio de la integración de artistas al rededor del mundo. La Reina Natalia, la primera colombiana en participar de esta residencia exhibe el trabajo desarrollado durante un mes en el continente austral.

Detenerse a Respirar al Final del Mundo es una exposición que nos revela un continente que existe, que es robusto pero a la vez frágil. A partir de actos significativos, La Reina Natalia logra visibilizar las problemáticas que este territorio enfrenta y su experiencia en el polo sur.

La exposición se compone de una serie de registros visuales y sonoros a partir de acciones sutiles e intencionadas. “Está viva», registra los cambios de luz sobre el hielo proyectándolos en su forma continental y captura los sonidos de animales, el viento, los hielos y el agua, para revertir la idea de un continente mudo; «Arritmia», escucha con atención el corazón Antártico; «Agua Dulce Rescatada», recolecta, gota a gota, agua dulce de los hielos que se están descongelando a causa del calentamiento global; «Aire Frío Para el Mundo» , atrapa aire frío para repartir a diferentes lugares del mundo, emulando y resaltando la importantísima tarea que tiene este continente de enfriar las corrientes de aire del planeta; «Sin Nombre», registra sus expresiones, intentando transmitir al espectador, por medio de ellas, las emociones que puede producir este inhóspito lugar “al final del mundo”.

Angelina Guerrero

La Antártida es un territorio del que sólo sabemos por intervención de científicos, militares o artistas. Cuando pensamos en él, si lo hacemos, quizá lo contemplemos como marco de cierta ciencia-ficción-ecológica-machista donde sólo le suceden cosas extraordinarias a hombres extraordinarios. De otro lado, las narraciones decimonónicas que lo hicieron famoso han confirmado que temas como la convivencia, la ternura o la camaradería eran asuntos que cuando aparecían allí, derivaban de situaciones emocionales extremas y culturalmente dirigidas. Por ejemplo: si soy un expedicionario y estoy amenazado de hambre no te canibalizaré a ti, porque –a  diferencia que esos guías de piel morena que nos acompañan– tienes alma, como yo. Sesgos.

Por eso es que la travesía de Natalia López Polanía en ese lugar resulta tan rara. No se desplazó hasta allá para hablar de amenazas de inanición o muerte dramática, ni expresar gestos fallidos o reclamar heroicidad, no se alteró con la enormidad del lugar ni cayó en la nostalgia de los nacionalistas que visitas parajes asombrosos. Mas bien, basó su proyecto en la sencilla acción de escuchar el sonido de la tierra que rodea al Polo sur con un estetoscopio. Y convirtió sus resultados en el segundo capítulo de una obra que estrenara hace seis años en la sala de exposiciones del Centro Colomboamericano de Bogotá, bajo el título de Detenerse a respirar. En esa oportunidad usó video, amplificación de sonido y objetos para mostrar la extraña reacción de un cuerpo humano criado en una ciudad cuando se mueve en un clima no controlado. 

El trabajo que muestra ahora consiste en una serie de experimentos que han evolucionado para subrayar la suicida línea fronteriza que nos separa de la biomasa de que dependemos. Por ejemplo, cuando hizo Jugo de nube, López Polanía se cubrió con un vestido de guata para recolectar gotas de agua en la cima de altas montañas, que luego puso en una botella que tenía grabado en laser el nombre de la obra. Ahora, muestra dos videos donde realizó la misma actividad aunque sin cubrirse con la misma capa sintética: recolectó agua de glaciares en botellas y corrientes de aire en tubos de ensayo. Posteriormente, cada objeto podría ser enviado a un paraje distinto del planeta para ser conservado por su destinatario. 

Volviendo a la ternura. Antes que los vestigios de este trabajo sean secuestrados por compradores ávidos de poseer la consciencia ecológica que le impulsa, es posible decir que el esfuerzo de López Polanía permite constatar una noticia. Hoy en día, algunas personas dicen “ternurita” cuando ven acciones ridículas por parte de otros. Somos “ternurita” cuando pensamos en nuestra desaparición como especie y corremos a apagar bombillos de habitaciones que no estamos usando o no lavamos nuestros automóviles (pero tenemos dos neveras en casa y una SUV para ir de paseo). Entonces, frente a evidencias como la velocidad de evaporación del agua dulce que Natalia López Polanía muestra en sus videos quizá lo único que debamos hacer sea pensar que hay que limpiar nuestra conciencia para morir tranquilos. O pensar y suspirar. O empezar de una vez por todas a ser más responsables de nuestras acciones de consumo de energía. Algo bien difícil. Pero quizá menos que el viaje que ella realizó.

Guillermo Vanegas

Edición: Luz Ángela Bermúdez – Nicolás Jaramillo Polanía – Víctor Garcés 

Diseño sonoro y composición – Arritmia: Sebastián Galeano

Equipos audiovisuales: Tecnorental – Alberto Gómez Mejía

BONUS Accidente